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O sea: el diputado Morales fue echado del Parlamento.
El 22 de enero del año 2006, en ese mismo lugar de pomposo aspecto,
Evo Morales fue consagrado presidente de Bolivia.
O sea: Bolivia empieza a enterarse de que es un país de mayoría
indígena.
Cuando la expulsión, un diputado indio era más raro que
perro verde.
Cuatro años después, son muchos los legisladores que mascan
coca, milenaria costumbre que estaba prohibida en el sagrado recinto parlamentario.
Mucho antes de la expulsión de Evo, ya los suyos, los indígenas,
habían sido expulsados de la nación oficial. No eran hijos
de Bolivia: eran no más que su mano de obra. Hasta hace poco más
de medio siglo, los indios no podían votar ni caminar por las veredas
de las ciudades.
Con toda razón, Evo ha dicho, en su primer discurso presidencial,
que los indios no fueron invitados, en 1825, a la fundación de
Bolivia.
Ésa es también la historia de toda América, incluyendo
a Estados Unidos. Nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia
de los países americanos fue desde el principio usurpada por una
muy minoritaria minoría. Todas las primeras constituciones, sin
excepción, dejaron afuera a las mujeres, a los indios, a los negros
y a los pobres en general.
La elección de Evo Morales es, al menos en este sentido, equivalente
a la elección de Michelle Bachelet. Evo y Eva. Por primera vez
un indígena presidente en Bolivia, por primera vez una mujer presidente
en Chile. Y lo mismo se podría decir de Brasil, donde por primera
vez es negro el ministro de Cultura. ¿Acaso no tiene raíces
africanas la cultura que ha salvado a Brasil de la tristeza?
En estas tierras, enfermas de racismo y de machismo, no faltará
quien crea que todo esto es un escándalo.
Escandaloso es que no haya ocurrido antes.
Cae la máscara, la cara asoma, y la tormenta arrecia.
El único lenguaje digno de fe es el nacido de la necesidad de decir.
El más grave defecto de Evo consiste en que la gente le cree, porque
trasmite autenticidad hasta cuando hablando castellano, que no es su lengua
de origen, comete algún errorcito. Lo acusan de ignorancia los
doctores que ejercen la maestría de ser ecos de voces ajenas. Los
vendedores de promesas lo acusan de demagogia. Lo acusan de caudillismo
los que en América impusieron un Dios único, un rey único
y una verdad única. Y tiemblan de pánico los asesinos de
indios, temerosos de que sus víctimas sean como ellos.
Bolivia parecía ser no más que el seudónimo de los
que en Bolivia mandaban, y que la exprimían mientras cantaban el
himno. Y la humillación de los indios, hecha costumbre, parecía
un destino.
Pero en los últimos tiempos, meses, años, este país
vivía en perpetuo estado de insurrección popular. Ese proceso
de continuos alzamientos, que dejó un reguero de muertos, culminó
con la guerra del gas, pero venía de antes. Venía de antes
y siguió después, hasta la elección de Evo contra
viento y marea.
Con el gas boliviano se estaba repitiendo una antigua historia de tesoros
robados a lo largo de más de cuatro siglos, desde mediados del
siglo XVI:
la plata de Potosí dejó una montaña vacía,
el salitre de la costa del Pacífico dejó un mapa sin mar,
el estaño de Oruro dejó una multitud de viudas.
Eso, y sólo eso, dejaron.
Las puebladas de estos últimos años fueron acribilladas
a balazos, pero evitaron que el gas se evaporara en manos ajenas,
desprivatizaron el agua en Cochabamba y La Paz, voltearon gobiernos gobernados
desde afuera, y dijeron no al impuesto al salario y a otras sabias órdenes
del Fondo Monetario Internacional.
Desde el punto de vista de los medios civilizados de comunicación,
esas explosiones de dignidad popular fueron actos de barbarie. Mil veces
lo he visto, leído, escuchado: Bolivia es un país incomprensible,
ingobernable, intratable, inviable. Los periodistas que lo dicen y lo
repiten se equivocan de in: deberían confesar que Bolivia es, para
ellos, un país invisible.
Nada tiene de raro. Esa ceguera no es solamente una mala costumbre de
extranjeros arrogantes. Bolivia nació ciega de sí, porque
el racismo echa telarañas en los ojos, y por cierto que no faltan
los bolivianos que prefieren verse con los ojos que los desprecian.
Pero por algo será que la bandera indígena de los Andes
rinde homenaje a la diversidad del mundo. Según la tradición,
es una bandera nacida del encuentro del arco iris hembra con el arco iris
macho. Y este arco iris de la tierra, que en lengua nativa se llama tejido
de la sangre que flamea, tiene más colores que el arco iris del
cielo.
Por Eduardo Galeano (En Uruguay exclusivo
para BRECHA.)
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