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Una presentación realizada 27 de enero del 2000 por el Dr. Salvatore
Puledda en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad de Hunter,
Ciudad de Nueva York.
Buenas noches. Quiero agradecer a las autoridades académicas
de la Universidad de Hunter y al Centro Humanista de las Culturas por
haberme invitado a hablar hoy aquí. El tema de mi charla será
la globalización, un término del cual
recientemente, y por diversos medios, se habla mucho. La globalización
se presenta en general como un proceso acelerado de interacción
económica entre países y culturas, montado sobre un gran
aparato de tecnologías modernas de comunicación. Desde una
perspectiva generalmente optimista, se dice que a través de la
globalización, el progreso y la riqueza llegarán hasta los
países más atrasados y que la calidad de vida aumentará
en todas partes y para todos.La
globalización también es presentada como un proceso natural
en el sentido que obedece a las leyes naturales de la economía
de mercado. Sin embargo, ante los posibles resultados de tal proceso,
surgen algunos temores de trasfondo, una suerte de ansiedad.Estos temores
parecen estar ligados a tres puntos:
- El proceso se percibe demasiado grande, demasiado rápido y fuera
del control de la ciudadanía;
- Para el ciudadano promedio, la globalización implica abrir las
puertas al mundo, y por lo tanto a los problemas del mundo, problemas
que algunas veces son el resultado de largas y complicadas historias difíciles
de entender. Al hacerse conscientes de estos problemas, la gente teme
que se sentirán responsables de resolverlos;
- El intercambio de objetos, personas e ideas crea una situación
de confusión general en la cual se experimenta la pérdida
de referencias tradicionales, es decir, la pérdida de lo que ellos
llaman identidad cultural.Estas son algunas de las preocupaciones que
circulan en este momento y a las cuales trataremos de responder de acuerdo
a la perspectiva del Movimiento Humanista. Esta perspectiva puede parecer
radicalmente diferente a la que presentan diariamente los medios de difusión.
Pero antes de continuar, será necesario definir algunos de los
conceptos que hemos de discutir, ya que éstos muchas veces se presentan
de modo difuso y vago. En particular, rataremos de clarificar la naturaleza
del proceso de globalización y desarrollaremos un contexto apropiado
para comprender el concepto de identidad cultural.Para comenzar, diremos
que el proceso de globalización no es de ninguna manera un proceso
natural, es decir, un proceso que se desarrolla de acuerdo a ciertas leyes
naturales como las leyes del mercado, como se explica generalmente. Estas
leyes naturales del mercado no existen ni existirán nunca porque
la economía, como cualquier otra actividad humana, es algo intencional,
dependiente de la voluntad, los deseos y los proyectos de seres humanos.
La globalización se observa como un proceso intencional, guiado,
como la expresión de un modelo económico que conlleva una
ideología específica y una visión del mundo. Esta
ideología tiene un nombre, se llama capitalismo especulativo, es
decir, el capitalismo en su más reciente fase de desarrollo, en
el cual la expansión de la economía no está ya ligada
a la producción sino al mercado financiero especulativo. Para decirlo
más sencillamente, estamos hablando de la ideología de hacer
dinero del dinero, y a nivel cultural, de la religión del dinero.En
la vanguardia de esta ideología están las corporaciones
multinacionales y los bancos. Son instituciones intrínsecamente
transnacionales y no están necesariamente ligadas a un país
en particular, aún cuando muchas de ellas tienen sus raíces
en Occidente. Desde que este proceso comenzó el siglo pasado, estas
estructuras no han parado la expansión de su influencia en cada
rincón del mundo, y han concentrado su poder a través de
adquisiciones y fusiones sorprendentemente rápidos. El aumento
de su poder ha sido ligado directamente a la pérdida de autoridad
y legitimidad de los estados nacionales, un fenómeno característico
de la segunda mitad del siglo pasado. Estas multinacionales y bancos han
tratado de superar y trascender las barreras y restricciones impuestas
por los estados nacionales, y al hacer esto han creado una suerte de estado
paralelo con sus propias reglas y procedimientos. Este estado paralelo
ha alcanzado un nivel increíble de poder. El capital puede ahora
fluir de un país a otro en segundos y hasta los países más
poderosos, e inclusive los bloques regionales, reconocen su incapacidad
de controlarlo.Para dar un ejemplo reciente: la Unión Europea que
consiste de 15
estados miembros es actualmente el bloque económico más
grande del mundo. En su ultima reunión bi-anual en Helsinski, en
Diciembre de 1999, un tema a discutir fue cómo pagar los programas
de ayuda social de los países miembros. Debido a restricciones
auto impuestas de control de déficit, el dinero debía provenir
de ingresos de algún tipo. Se propuso un impuesto a las ganancias
de capital de ciudadanos europeos que invirtieran en la bolsa de Londres.
Las autoridades Británicas se rehusaron explicando que tal impuesto
daría como resultado la fuga de capital de Londres a otros mercados.
Así se ha producido un atasco entre Gran Bretaña y el resto
de los países miembros de la Unión Europea que aun continúa
sin resolverse. Lo que se hace evidente en esta situación es que
el bloque económico más grande del mundo no es capaz de
cobrar impuestos a sus ciudadanos más ricos–aquellos que
se pueden dar el lujo de especular en el mercado financiero. Por esta
razón vemos una disminución mundial de presupuestos en la
salud, educación, pensiones y otras formas de asistencia pública.
Parece que ningún país puede domar ese monstruo sin control
que es el capital especulativo.Además de sus propias reglas, las
multinacionales y los bancos que dirigen este proceso de globalización
tienen su propia cultura, que esta articulada como un sistema de valores
y conductas. Esta cultura se reproduce a través de las escuelas
y los medios de difusión, gurués y profetas, que nos explican
todos los días
que el único valor es el dinero: el dinero es buscado, multiplicado
y adorado; el dinero es el único dios y por lo tanto lo justifica
todo. Ellos continúan hablando de otros valores–igualdad,
oportunidad, democracia–pero debajo de esta gruesa capa de hipocresía
el mensaje sigue siendo el mismo: el único valor real es el dinero.
Aun los más pobres segmentos de la población están
afectados por esta cultura: ellos creen que el dinero es la única
defensa en contra de las duras
realidades de la vida cotidiana y así orientan su vida en esa dirección.
¿Quién quiere ser millonario? Todos.A estas alturas quiero
dejar claro que la pobreza no es un valor para nosotros. Al denunciar
el culto al dinero, no estamos pintando un cuadro romántico de
la pobreza ni promoviendo un estilo de vida ascético. Todo lo contrario.
Queremos simplemente enfatizar que el problema fundamental de la economía
hoy en día no es la producción de la riqueza sino su
distribución. En el ámbito mundial tenemos una enorme capacidad
productiva y un alto excedente, pero la riqueza esta concentrada básicamente
en las manos de unos pocos. El dinero fluye hacia el dinero, y la distancia
entre el segmento más rico de la población y el más
pobre aumenta cada día. Todos sabemos que en este momento histórico
existe la posibilidad técnica de proveer alimento, vivienda, atención
médica y condiciones de vida decentes para todo la población
del planeta. Si esto no ocurre es porque el proceso de globalización
no está dirigido a resolver estos problemas, sino a aumentar el
poder y la riqueza de unos pocos.También quiero destacar dos instituciones
internacionales que han tenido la responsabilidad fundamental en la expansión
de este proceso de globalización: el Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial. Para competir en esta economía global los países
son presionados a incurrir en créditos enormes a través
de estas organizaciones. En la medida en que el interés de estos
créditos se acumula, el Estado se ve forzado a vender los recursos
del país: sus compañías, sus tierras, sus recursos
naturales, hasta que la infraestructura del país ya no es controlada
por su gente sino por instituciones e individuos extranjeros. Mas de dos
docenas de países hoy día utilizan el dólar como
su moneda nacional, de ese modo renunciando a la capacidad de regular
su propia economía.
Generaciones han trabajado muy fuerte para construir algo que es entonces
destruido en unos pocos meses. Hemos visto muchos ejemplos de esto recientemente:
Méjico, Tailandia y Sud América. El dinero fluye hacia un
país si se piensa que se puede ganar algo, pero cuando el dinero
sale, la economía del país sufre un colapso sin consideración
alguna por los afectados.Este modelo de globalización se ha convertido
en el modelo de vida ganador, un modelo que se difunde hasta las partes
más remotas del globo. Y a medida que se difunde, lleva consigo
la ideología del dinero, la competencia, y el individualismo. El
ser humano, el medio ambiente, las culturas, son todos considerados como
aspectos secundarios que pueden ser utilizados o destruidos si se convierten
en un impedimento para este proceso, cuya fuerza aumenta por al creencia
general de que no existe otra alternativa.Esta ideología de exportación
está hoy produciendo choques con muchas culturas alrededor del
mundo, especialmente aquellas que están estructuradas alrededor
de la familia o creencias religiosas. Estas culturas están levantando
muros entre ellas y el resto del mundo porque no quieren integrarse a
este modelo de vida, que no es visto como una opción para ellos.
Esto ocurre en cierta medida aquí en este país también
donde la integración vista en momentos anteriores–el modelo
“melting pot”–ya no es deseable para muchos de los nuevos
inmigrantes. En algunos casos, la imposición de este modelo único
ha comenzado a producir reacciones que se expresan de forma violenta e
irracional. No hay ninguna razón para creer que estas explosiones
vaya a disminuir, todo lo contrario, aumentarán en tamaño
y número a medida que la presión hacia el conformismo aumente.
Aparecerán también en este país, como demuestran
las recientes demostraciones en Seattle en contra de la Organización
Mundial del Comercio.El otro problema con que nos encontramos es que las
culturas, en la medida en que se las fuerza a defenderse, terminan defendiéndolo
todo–aun sus aspectos secundarios o negativos. A raíz de
esto se forma una suerte de “fundamentalismo cultural” donde
todo lo que es externo a la cultura es rechazado, donde solamente el propio
estilo de vida y la propia religión son válidos.Quiero clarificar
en este punto, que no vemos este proceso de globalización como
algo únicamente negativo. De hecho estamos agradecidos que este
proceso nos haya traído a un punto donde todos los países
y todas las culturas están confluyendo por primera vez. Este proceso
ha
permitido un nivel de interacción entre la gente que hace un par
de generaciones no podría haber sido concebido. Ha generado oportunidades
para intercambiar ideas, creencias y modelos culturales. También
ha demostrado que las diferencias entre la gente son insignificantes en
comparación con las experiencias y aspiraciones que tienen en común.Trataré
ahora clarificar que quiere decir este difuso concepto de “identidad”.
Normalmente se cree que la identidad personal o cultural se refiere solamente
al pasado, que es un reflejo de la acumulación histórica
de experiencias vividas por una persona o una comunidad. Es como si capas
de experiencias se fueran acumulando y depositando, y esto formara la
identidad. Esta creencia se deriva de otra, mas general, de la pasividad
de la conciencia humana, donde la conciencia es concebida como una suerte
de espejo que simplemente refleja el mundo. En realidad las cosas no son
así. Si nos miramos a nosotros mismos, veremos que en los momentos
más importantes de nuestras vidas, hacemos una correlación,
una ligazón entre nuestras experiencias pasadas y la idea de un
proyecto personal al futuro. Esta imagen del futuro–quien queremos
ser–es una influencia continua en nuestras acciones en el presente.
Esta imagen que formamos del futuro es tan importante como nuestro pasado
en la creación de nuestra identidad personal. No solo somos lo
que hemos hecho, o lo que se nos ha hecho; somos también nuestros
proyectos, nuestros deseos, nuestras
aspiraciones.La misma dinámica es aplicable a un pueblo, y en ese
caso hablamos de identidad cultural. La identidad cultural no es simplemente
la acumulación de ideas, costumbres, idiomas, formas de comer y
vestirse que nos llegan de generaciones anteriores, sino que también
es lo que la cultura elige hacer con estas cosas en un momento de su historia.
Es el proyecto que se da a sí misma.Esto es particularmente cierto
para culturas antiguas. Por ejemplo, ¿cómo define su cultura
India, con sus miles de años de historia? ¿En qué
tipo de herencia se basará? ¿Se referirá a los
Vedas, el Vedanta, el Budismo, Gandhi, la bomba atómica? En cada
momento de su historia, una cultura está obligada a tomar de su
pasado aquello que le resulte más útil a su proyecto. En
resumen, la identidad cultural es el proyecto que un pueblo crea para
el futuro, extrayendo elementos particulares de su pasado. No es algo
pasivo como el contenido de una bolsa, sino algo que continuamente recreamos
para confrontar los desafíos que nos presenta el momento actual.
Siempre hay una elección. Siempre hay una selección. Siempre
hay libertad.También podemos reconocer que en la vida de individuos
y culturas hay experiencias tanto positivas como negativas, que forman
parte de su herencia cultural. Una persona o un pueblo pueden elegir un
proyecto que elimine o neutralice las experiencias negativas y refuerce
las positivas. ¿Queremos los italianos, por ejemplo, arrastrar
al nuevo milenio la trágica experiencia de la Mafia? ¿O
queremos hacer una elección consciente para cambiar este comportamiento
social negativo? Esta elección nos permite
distinguir entre una identidad mecánica, creada por el hecho de
reproducir automáticamente elementos de nuestra cultura sin pensamiento
ni reflexión, y una identidad intencional, formada por la elección
de aquellos aspectos que estimemos sean del más alto valor para
el futuro.Este proceso de globalización se acelera rápidamente,
y pronto nos encontraremos codo a codo, cultura junto a cultura, mirando
hacia delante por primera vez hacia un futuro común. Este futuro
no le pertenece a ninguna cultura en particular, sino que debe ser un
proyecto compartido que permita la inclusión de todos. En este
momento surge la pregunta: ¿Qué traeremos juntos al tercer
milenio? Cada cultura será llamada a reflexionar, a hacer un examen
de su pasado e identificar qué cualidades, experiencias y tradiciones
son las más valiosas para sí mismos y para otros en este
planeta.Habiendo definido y aclarado nuestra postura con respecto a la
globalización y la identidad cultural, quisiera ahora terminar
comentando brevemente las propuestas y actividades del Movimiento Humanista
con relación a estos temas.En contraste con el proceso destructivo
de globalización que está siendo dirigido por bancos y multinacionales,
el Movimiento Humanista se ha comprometido durante 30 años a trabajar
en aras de la creación de una Nación Humana Universal, en
la cual las diferencias culturales sean consideradas como un valor y no
como algo a ser marginalizado o eliminado. La Nación Humana Universal
sería la expresión de la primera civilización planetaria
que hayan visto los seres humanos, y surgirá desde el corazón
de los seres humanos, no desde sus líderes. Cada cultura tendrá
que contribuir a esta civilización algunas de sus experiencias,
formando parte de un proyecto mayor e inclusivo. Quisiera reiterar nuevamente
que no queremos algo homogéneo—como McDonalds y yuppies por
todas partes. El desarrollo de un proyecto común no requiere que
la gente renuncie las particularidades de sus culturas.
Por lo contrario vemos esas particularidades, esa diversidad, como cualidades
y recursos a ser aprovechados, como un proyecto común entre individuos
que incorpora los talentos y puntos de vista de sus miembros.En la base
del trabajo del Centro Humanista de las Culturas está la pregunta:
¿Qué contribución hará cada cultura al proyecto
común de la Nación Humana Universal? ¿Aportarán
la frustración, la discriminación, las guerras y la violencia
que caracteriza algunos
momentos de su pasado? ¿O buscarán lo que llamamos momentos
humanistas de sus culturas, esos momentos en los cuales el ser humano
fue considerado el valor más importante, en los cuales la paz y
la cooperación entre grupos diversos eran considerados fundamental,
en los cuales se rechazaba la violencia como el pero enemigo de la humanidad,
en los cuales todas las creencias religiosas, incluyendo el ateísmo,
eran respetadas, y en los cuales la ciencia y nuevas ideas eran desarrolladas
para disminuir el dolor y el sufrimiento de los seres humanos? Todas las
grandes culturas del planeta han tenido momentos humanistas en su historia,
y a éstos ha de apelarse en este momento tan especial y crítico
de la civilización.Para concluir, diría que ustedes están
en una situación sin paralelo para continuar esta discusión,
ya que New York es de muchas maneras, un mini modelo de la globalización
que está ocurriendo en el planeta. Conviviendo aquí hay
gentes de todos los países, culturas y religiones del mundo. El
trabajo que pueda realizarse aquí tendrá repercusiones más
allá de los límites geográficos de la ciudad. La
tarea de todos los
Centros de las Culturas—de hecho, la tarea de todos nosotros—es
ayudar a la gente tomar conciencia que sus diferencias culturales pueden
ser algo valioso, que es el ser humano, y no el dinero, el valor más
importante, que la solidaridad es más importante que la competencia.
Todo esto le puede sonar a muchos como un sueño utópico,
especialmente cuando caminamos bajo los grandes rascacielos y como hormigas
insignificantes miramos a los lugares altos desde los
cuales los poderosos dirigen este proceso destructivo de globalización.
Pero deberíamos recordar siempre que estas hormigas insignificantes
representan el 90% de la humanidad.Gracias por su atención.
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